Lo que aprendí sobre las arvejas: una enseñanza de mi abuela y de la huerta

Desde chica me gusta ver crecer las plantas.

Las arvejas o guisantes siempre me parecieron especiales. 

Son simples, pero llenas de vida, y cuando uno las cosecha con sus propias manos, siente que está trayendo salud desde la tierra.


Mi abuela decía que las arvejas eran comida buena, de la que limpia el cuerpo y da fuerza.

Ella no hablaba de nutrientes, pero sabía perfectamente lo que hacía bien. 

Con el tiempo entendí que tenía razón: las arvejas ayudan al intestino gracias a su fibra natural, que mantiene la digestión en orden y el cuerpo liviano.


También son buenas para la sangre porque aportan hierro vegetal, ese que da energía y ayuda a fortalecer cuando uno se siente cansado.

Y además, son suaves y equilibradas: ayudan a cuidar el corazón y el colesterol por su fibra y sus compuestos naturales.

No hacen milagros, pero acompañan la salud de una forma sencilla, como todo lo que viene de la tierra.


Mi abuela siempre decía que el verde era el color de la vida.

Cuando se abría una chaucha de arveja y veía los granos brillantes adentro, decía que ahí estaba la fuerza del campo.

Y lo cierto es que comer verde se siente bien: es alimento limpio, sin exageraciones, de esos que el cuerpo agradece.


En estos días estuvimos cosechando nuestras arvejas para el mercado, y mientras las preparábamos, pensaba en todo lo que ella me enseñó:

que cada planta tiene su tiempo, que nada se apura, y que el mejor alimento es el que se cultiva con paciencia.


Si querés ver como fue esa jornada, te dejo el video donde mostramos todo el proceso desde la huerta⬇️ 

👉Video en Youtube


Son pequeñas, sí, pero llenas de beneficios y de historia.

Cada chaucha guarda una enseñanza… y un recordatorio de lo que realmente vale la pena: vivir simple, comer natural y cuidar lo que la tierra nos da💚


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